
Antes de saber “leer” se ha de saber “sentir”. Lo mejor es que nacimos sintiendo. Más que eso, sentimos antes de nacer.
Leer antes de leer, Teresa Durán.
1. Las anécdotas narradas en los libros de Historia no suelen ser sobre los fracasos, dolores o amores. Incluso en la literatura, las historias íntimas, las del espacio privado, han sido consideradas “escritura de mujeres”; escrituras disidentes. En este sentido, si una historia no se considera valiosa de ser guardada, ¿dónde queda esa memoria?, ¿dónde está ese archivo?
Último día del verano es una obra iniciada en 2015 por Paulina Silva Hauyon, que nos permite profundizar en la complejidad del final de una historia amorosa. La artista utilizó su producción para generar un archivo propio de una relación afectiva en diálogo con amigxs cercanxs. Para ello, Paulina les pidió a estos que le compartieran el final de sus libros favoritos como un acto de acompañamiento en su duelo.
Al hacer público ese dolor, a través de Último día del verano y convocar a otres a formar parte, evidenciaba que estas memorias son colectivas. Las historias de duelo se viven en solitario pero tienen resonancias en común y, como un libro, son contenedores de experiencia con un final siempre vivo. Una historia que podría ser incómoda de compartir confronta a la higienización de las expectativas del deber ser que dictan que el fracaso y el dolor son sentimientos que se quedan en casa.
En 2016, Paulina lleva al espacio expositivo las frases finales compartidas, y con diapositivas análogas proyecta a muro una luz que simula la calidez del verano del sur latinoamericano. Esta obra, que fue pensada desde sus inicios para tener una salida en formato libro, se quedó unos años en un baúl de historias inconclusas como esperando el final, final, final. ¿Qué son las vivencias sino una continua regeneración de la memoria para transformarla, desmenuzarla o tirarla por la ventana?
En este sentido, Último día del verano es un archivo/obra de formas mutantes, que se adapta a los distintos momentos y espacios donde se ha llevado a cabo. En el acto de compartir el duelo hay una activación de la escucha y la mirada; es reunir, ya sea a manera de exposición o en la reescritura de las frases finales, ecos de otras voces que remueven la memoria y ayudan a hacerla más llevadera. Esos párrafos finales quiebran la historia propia y la tejen para darle un final alternativo: esta memoria es el recuerdo de lo que “yo soy” y las voces que “me acompañan”.
Con los finales de los libros aparece el acto de leer, encarnar la lectura y hacerla parte de nuestro cuerpo, un archivo propio. ¿Cómo leemos el final de un libro en relación a nuestra historia de vida? El “hacer archivo” en la obra de
Último día del verano se construye a través de historias propias en diálogo con la lectura y escritura.
Siguiendo a la investigadora Ann Cvetkovitch y de quien nos valimos para dar nombre a los talleres de vinculación comunitaria que se impartieron en esta tercera fase de Último día del verano, los archivos queer, disidentes -y aquí incluimos los de la diversidad de subjetividades que se nombran desde la feminidad-, son archivos que están sucediendo en las prácticas que rodean su producción. A su vez, estos archivos de lo sensible “pueden estar motivados por necesidades emocionales, más que intelectuales”.
2. En su libro Cuentas pendientes, la escritora estadounidense Vivian Gornick enuncia cómo la lectura es un motor vital que reinterpretamos, a la vez que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas. Leer pareciera un acto en solitario al igual que el duelo; sin embargo, Paulina, en Último día del verano, toma la lectura y la reescritura como un acompañante, como un espacio para habitar.
En la misma línea, esta obra de finales alternativos fue reactivada en 2023 a partir de tres talleres de mediación, impartidos por Javiera y Paulina Silva Hauyon, en la Biblioteca Regional de Antofagasta, en el departamento de Artes Visuales de la Universidad Católica de Temuco y en Palacio Pereira de Santiago de Chile.
Nuestras diferentes disciplinas y acercamientos a la obra de Paulina convergieron en tres puntos de encuentro: la lectura, el archivo y la pintura como detonadores de la escritura colectiva. Así, en la formación de una experiencia conjunta a través del taller se reunía “un poder afectivo más que una verdad objetiva”.
Para ello, abrimos una convocatoria dirigida a mujeres y personas sexodisidentes con la intención de promover un espacio de encuentro para compartir el final de una historia importante para lxs participantes que se entrelazara con el final de su libro favorito. En estos talleres, la lectura y la escritura eran el hilo conductor para conformar un archivo propio que desbordaba el objeto-libro hacia la experiencia subjetiva.
En el acto de compartir las frases finales se proponía una estrategia de escritura desapropiativa, como la nombra la escritora y socióloga mexicana Cristina Rivera Garza. Javiera y Paulina pusieron en marcha estrategias para, desde el cuerpo y la memoria, agudizar el sentir del cuerpo y el motor de la memoria. Desapropiándose de esos párrafos finales, la lectura brotaba del cuerpo lector que se mueve y baila, que grita y vibra, para narrar una experiencia personal en un proceso de regurgitamiento de la voz que necesita un espacio para sanar, para cerrar la herida o para simplemente acompañar y celebrar la vida.
A continuación, Javiera Silva Hauyon nos comparte algunas de las propuestas que Paulina y ella pusieron en marcha durante los talleres.
3. Bitácora | Taller/espacio para compartirnos
Las mediaciones fueron pensadas para compartir y acercar a nuestros cuerpos en torno a la lectura, los secretos, los hitos personales, los libros, el dibujo de un recuerdo, el movimiento de una palabra o el sonido del final de una historia. En todas ellas se activó el cuerpo por medio de ejercicios de respiración colectiva y estiramiento.
En la Biblioteca Regional de Antofagasta realizamos ejercicios de lectura cruzada que resultaron en un cadáver exquisito sonoro en el que se escucha en voz alta a les lectores, lo que también puede entenderse como una gran voz colectiva. Así, un fragmento de texto dialogaba con otro fragmento, confundiendo el final del indicio. Ocurre algo parecido con la memoria y los recuerdos. En cuanto al taller en la Facultad de Artes de la Universidad Católica de Temuco, les compañeres lograron hacerse del espacio del taller e incorporarlo como un elemento más de la experiencia de archivo. Un libro colgado en un hilo rojo intentando ser leído y al mismo tiempo otra lectura repite incansablemente una frase proveniente de otro libro. De esta manera, pudimos ver que la memoria y las formas de pensar el archivo pueden ser desde la espacialidad y el vínculo del cuerpo con ella. También realizamos ejercicios de dibujo intuitivo en el que une integrante dibujaba simultáneamente lo que otre compañere le narraba sobre un recuerdo. Una suerte de memoria dibujada en la que se le da forma a la experiencia vivida desde la sensibilidad compartida. Por último, el ejercicio de transcripción del párrafo final del libro favorito de les asistentes. Ese sencillo gesto de apropiarnos del final de la historia permite que lo hagamos propio, aunque nadie más lo sepa, aunque a nadie le importe. El final de un libro favorito pasa a ser archivo, a ser documento escrito a mano en un momento que colectivamente se compartió con otres.
La jornada en el Palacio Pereira en Santiago incorporó, además de libros de editoriales, fotocopias de un poema, el favorito de una participante. Estas hojas sueltas permitieron que la lectura realizara un recorrido caótico, pues no se identificaba el inicio o el final del poema. La ruta de lectura la forjaba cada lectora a su antojo. Es la textualidad expandida de esas hojas lo que llevó a las lectoras a mover el cuerpo para leerlas. La memoria desparramada, desordenada que a veces sigue caminos inciertos. Luego nos contamos anónimamente secretos personales en formato de audio. Esta experiencia sonora e íntima derivó en ejercicios de dibujo en el que cada participante toma como base el secreto de otra compañera, haciéndolo aparecer bajo sus propias condiciones.
Les invitamos a imaginar lo que significa concluir la lectura de un libro que nos conmueve…
Este repositorio que tienes en tus manos es un contenedor de memorias vivas.
Último día del verano como una potencia vital, como un órgano palpitante que es contenedor y acompañante de historias.
La lectura como detonadora de un archivo.
La lectura como accionadora de emociones.
El libro como una evocación de archivo.
Un archivo como el recuerdo de un duelo.
Leer para escuchar
un archivo vivo.
Un libro que impulsa a hablar
nuestra propia historia de vida.
Un libro para leer en colectivo,
leer con el cuerpo,
escucharnos entre nosotrxs.
Cuando unx lee, no sólo lee.
Sino que siente,
reescribe cada palabra,
recuerda algo
de sí mismx.
Un espacio de encuentro para leer, escribir y compartir sobre nuestras propias historias, para hacer archivo de ellas.
fernanda ramos mena + Javiera Silva Hauyon
Antes de saber “leer” se ha de saber “sentir”. Lo mejor es que nacimos sintiendo. Más que eso, sentimos antes de nacer.
Leer antes de leer, Teresa Durán.
1. Las anécdotas narradas en los libros de Historia no suelen ser sobre los fracasos, dolores o amores. Incluso en la literatura, las historias íntimas, las del espacio privado, han sido consideradas “escritura de mujeres”; escrituras disidentes. En este sentido, si una historia no se considera valiosa de ser guardada, ¿dónde queda esa memoria?, ¿dónde está ese archivo?
Último día del verano es una obra iniciada en 2015 por Paulina Silva Hauyon, que nos permite profundizar en la complejidad del final de una historia amorosa. La artista utilizó su producción para generar un archivo propio de una relación afectiva en diálogo con amigxs cercanxs. Para ello, Paulina les pidió a estos que le compartieran el final de sus libros favoritos como un acto de acompañamiento en su duelo.
Al hacer público ese dolor, a través de Último día del verano y convocar a otres a formar parte, evidenciaba que estas memorias son colectivas. Las historias de duelo se viven en solitario pero tienen resonancias en común y, como un libro, son contenedores de experiencia con un final siempre vivo. Una historia que podría ser incómoda de compartir confronta a la higienización de las expectativas del deber ser que dictan que el fracaso y el dolor son sentimientos que se quedan en casa.
En 2016, Paulina lleva al espacio expositivo las frases finales compartidas, y con diapositivas análogas proyecta a muro una luz que simula la calidez del verano del sur latinoamericano. Esta obra, que fue pensada desde sus inicios para tener una salida en formato libro, se quedó unos años en un baúl de historias inconclusas como esperando el final, final, final. ¿Qué son las vivencias sino una continua regeneración de la memoria para transformarla, desmenuzarla o tirarla por la ventana?
En este sentido, Último día del verano es un archivo/obra de formas mutantes, que se adapta a los distintos momentos y espacios donde se ha llevado a cabo. En el acto de compartir el duelo hay una activación de la escucha y la mirada; es reunir, ya sea a manera de exposición o en la reescritura de las frases finales, ecos de otras voces que remueven la memoria y ayudan a hacerla más llevadera. Esos párrafos finales quiebran la historia propia y la tejen para darle un final alternativo: esta memoria es el recuerdo de lo que “yo soy” y las voces que “me acompañan”.
Con los finales de los libros aparece el acto de leer, encarnar la lectura y hacerla parte de nuestro cuerpo, un archivo propio. ¿Cómo leemos el final de un libro en relación a nuestra historia de vida? El “hacer archivo” en la obra de
Último día del verano se construye a través de historias propias en diálogo con la lectura y escritura.
Siguiendo a la investigadora Ann Cvetkovitch y de quien nos valimos para dar nombre a los talleres de vinculación comunitaria que se impartieron en esta tercera fase de Último día del verano, los archivos queer, disidentes -y aquí incluimos los de la diversidad de subjetividades que se nombran desde la feminidad-, son archivos que están sucediendo en las prácticas que rodean su producción. A su vez, estos archivos de lo sensible “pueden estar motivados por necesidades emocionales, más que intelectuales”.
2. En su libro Cuentas pendientes, la escritora estadounidense Vivian Gornick enuncia cómo la lectura es un motor vital que reinterpretamos, a la vez que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas. Leer pareciera un acto en solitario al igual que el duelo; sin embargo, Paulina, en Último día del verano, toma la lectura y la reescritura como un acompañante, como un espacio para habitar.
En la misma línea, esta obra de finales alternativos fue reactivada en 2023 a partir de tres talleres de mediación, impartidos por Javiera y Paulina Silva Hauyon, en la Biblioteca Regional de Antofagasta, en el departamento de Artes Visuales de la Universidad Católica de Temuco y en Palacio Pereira de Santiago de Chile.
Nuestras diferentes disciplinas y acercamientos a la obra de Paulina convergieron en tres puntos de encuentro: la lectura, el archivo y la pintura como detonadores de la escritura colectiva. Así, en la formación de una experiencia conjunta a través del taller se reunía “un poder afectivo más que una verdad objetiva”.
Para ello, abrimos una convocatoria dirigida a mujeres y personas sexodisidentes con la intención de promover un espacio de encuentro para compartir el final de una historia importante para lxs participantes que se entrelazara con el final de su libro favorito. En estos talleres, la lectura y la escritura eran el hilo conductor para conformar un archivo propio que desbordaba el objeto-libro hacia la experiencia subjetiva.
En el acto de compartir las frases finales se proponía una estrategia de escritura desapropiativa, como la nombra la escritora y socióloga mexicana Cristina Rivera Garza. Javiera y Paulina pusieron en marcha estrategias para, desde el cuerpo y la memoria, agudizar el sentir del cuerpo y el motor de la memoria. Desapropiándose de esos párrafos finales, la lectura brotaba del cuerpo lector que se mueve y baila, que grita y vibra, para narrar una experiencia personal en un proceso de regurgitamiento de la voz que necesita un espacio para sanar, para cerrar la herida o para simplemente acompañar y celebrar la vida.
A continuación, Javiera Silva Hauyon nos comparte algunas de las propuestas que Paulina y ella pusieron en marcha durante los talleres.
3. Bitácora | Taller/espacio para compartirnos
Las mediaciones fueron pensadas para compartir y acercar a nuestros cuerpos en torno a la lectura, los secretos, los hitos personales, los libros, el dibujo de un recuerdo, el movimiento de una palabra o el sonido del final de una historia. En todas ellas se activó el cuerpo por medio de ejercicios de respiración colectiva y estiramiento.
En la Biblioteca Regional de Antofagasta realizamos ejercicios de lectura cruzada que resultaron en un cadáver exquisito sonoro en el que se escucha en voz alta a les lectores, lo que también puede entenderse como una gran voz colectiva. Así, un fragmento de texto dialogaba con otro fragmento, confundiendo el final del indicio. Ocurre algo parecido con la memoria y los recuerdos. En cuanto al taller en la Facultad de Artes de la Universidad Católica de Temuco, les compañeres lograron hacerse del espacio del taller e incorporarlo como un elemento más de la experiencia de archivo. Un libro colgado en un hilo rojo intentando ser leído y al mismo tiempo otra lectura repite incansablemente una frase proveniente de otro libro. De esta manera, pudimos ver que la memoria y las formas de pensar el archivo pueden ser desde la espacialidad y el vínculo del cuerpo con ella. También realizamos ejercicios de dibujo intuitivo en el que une integrante dibujaba simultáneamente lo que otre compañere le narraba sobre un recuerdo. Una suerte de memoria dibujada en la que se le da forma a la experiencia vivida desde la sensibilidad compartida. Por último, el ejercicio de transcripción del párrafo final del libro favorito de les asistentes. Ese sencillo gesto de apropiarnos del final de la historia permite que lo hagamos propio, aunque nadie más lo sepa, aunque a nadie le importe. El final de un libro favorito pasa a ser archivo, a ser documento escrito a mano en un momento que colectivamente se compartió con otres.
La jornada en el Palacio Pereira en Santiago incorporó, además de libros de editoriales, fotocopias de un poema, el favorito de una participante. Estas hojas sueltas permitieron que la lectura realizara un recorrido caótico, pues no se identificaba el inicio o el final del poema. La ruta de lectura la forjaba cada lectora a su antojo. Es la textualidad expandida de esas hojas lo que llevó a las lectoras a mover el cuerpo para leerlas. La memoria desparramada, desordenada que a veces sigue caminos inciertos. Luego nos contamos anónimamente secretos personales en formato de audio. Esta experiencia sonora e íntima derivó en ejercicios de dibujo en el que cada participante toma como base el secreto de otra compañera, haciéndolo aparecer bajo sus propias condiciones.
Les invitamos a imaginar lo que significa concluir la lectura de un libro que nos conmueve…
Este repositorio que tienes en tus manos es un contenedor de memorias vivas.
Último día del verano como una potencia vital, como un órgano palpitante que es contenedor y acompañante de historias.
La lectura como detonadora de un archivo.
La lectura como accionadora de emociones.
El libro como una evocación de archivo.
Un archivo como el recuerdo de un duelo.
Leer para escuchar
un archivo vivo.
Un libro que impulsa a hablar
nuestra propia historia de vida.
Un libro para leer en colectivo,
leer con el cuerpo,
escucharnos entre nosotrxs.
Cuando unx lee, no sólo lee.
Sino que siente,
reescribe cada palabra,
recuerda algo
de sí mismx.
Un espacio de encuentro para leer, escribir y compartir sobre nuestras propias historias, para hacer archivo de ellas.
fernanda ramos mena + Javiera Silva Hauyon